XXIV DOMINGO ORDINARIO

El Profeta Isaías nos prepara para el primer anuncio de la Pasión que Jesús hará a sus discípulos en Cesárea de Filipo, al hablarles con toda claridad sobre su destino (su glorificación por la Resurrección); el Apóstol Santiago, nos pone contra la pared al hacernos caer en la cuenta de que si nuestra fe no se traduce en obras (buenas, por supuesto), está muerta y no nos conducirá a esa glorificación de los que se niegan a sí mismos y, tomando su Cruz, siguen a Jesús, camino al Calvario, hasta su propia Resurrección.

natividad del senor

Vuelvo al Profeta que inicia su exposición del Siervo de Yavé diciendo: “El Señor me ha hecho oír sus palabras y yo no he puesto resistencia, ni me he echado para atrás

¿Cómo te sentiste al escuchar al Apóstol sobre la necesidad de una fe demostrada en obras de caridad? ¿Cómo te sentiste al escuchar a Jesús reprender a San Pedro por no juzgar (el sufrimiento abnegado) como Dios, sino como los hombres? ¿Qué dices de ti mismo? ¿Quién dice la gente que te conoce, vive o trabaja contigo que eres tú?

Examen complicado el que este Domingo la Palabra de Dios nos inpone; porque desgraciadamente la cultura “Light”  nos ha conquistado con sus comodidades y criterios: cada vez nos esforzamos menos en una ley que podría redactarse como la Ley del menor Sufrimiento y, por ende, de la Máxima sensación placentera; es decir, NO NOS GUSTA SUFRIR, NOS GUSTA DISFRUTAR.

El Sr. Don José de Jesús Tirado y Pedraza, de feliz memoria, quien fuera no hace mucho Arzobispo de Monterrey, nos dijo, cuando su servidor era un incipiente filósofo, que le pusieramos aderezos a lo que comiéramos: verdurasñ carnes; pescado, etc; para no acostumbrar a los sentidos sólo a los placeres (que por cierto, no son tan malos, pero la dosis hace al veneno) sino al  verdadero sabor de las cosas. Así entonces lo valioso de las verduras no está en su sabor, sino en sus nutrientes. La verdad de la Vida en Cristo es disfrutar de Dios sin aderezos, aunque los reclinatorios tengan cojincillos; los templos climas artificiales; los rosarios en CD; las Misas sin niños y que, por favor, no sean tan largas. Ruego a Dios que todos estos “beneficios” no acostumbren a nuestra voluntad a rechazar durante el resto de la semana la Cruz de cada día, sino que, sin echarnos para atrás, estemos más dispuestos a servir y amar al prójimo como Cristo nos enseñó en su Pasión.