XXXIII DOMINGO ORDINARIO

Nos encontramos por terminar este Año Litúrgico (ciclo b) del cual sólo nos falta celebrar a Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo (próximo Domingo 25) para dar inicio, con el Tiempo de Adviento, al nuevo Año Litúrgico (ciclo c). Las lecturas de estos últimos Domingos del año de ninguna manera pretenden llenarnos de angustia o de temor, con su impresionante descripción del fin de este mundo y la llegada gloriosa del Reino de Jesucristo, si no, más bien atrapar nuestra atención y hacernos entender que todo lo que con nuestros sentidos y capacidades cognoscitivas consideramos como firme, sólido, permanente y referencial no tiene tanta consistencia como aparenta tenerla.

Los antiguos Filósofos veían que las cosas cambiaban tanto y tan de prisa que llegaron a suponer que era imposible conocerlas realmente; en algunos idiomas no conjugan ningún verbo en tiempo presente, porque toda acción, que realizase ese verbo, estaría realizándose en un continuo devenir del antes al después; es decir en el tiempo. (Medición humana del antes al después y siempre en esa dirección).

Los signos escatológicos de San Marcos, en el pasaje que escuchamos hoy, son tan cósmicos y conmovedores que, más que una pista astronómica para prevenir el colapso final, son una certificación de que cuando esto suceda a nadie le quedará duda de lo que ocurre; es el proceso inverso del nacimiento del niño Jesús: en Belén: Nuestro Señor llegó en la humildad de las pajas de un humilde pesebre; esa llegada se reveló a unos cuantos pastorcillos y a los Magos de oriente. Al final del tiempo, en cambio, su revelación será universal: como atraviesa el relámpago el firmamento y el rayo hace sentir su fragor, así volverá Aquel que vino como manso Cordero de Dios, ahora con gran poder y majestad.

Así que todo parece indicar que sólo hay de dos sopas: o se acaba el mundo para todos, en la gloriosa parusía de Nuestro Señor Jesucristo; o se nos va acabando en el momento de la muerte personal. De ambas modalidades no sabemos ni el día ni la hora, pero podemos afirmar, con toda certeza que, cualquiera de las dos puede suceder en cualquier instante.

Por cierto…,

¿Te has cerciorado de estar inscrito en el Libro de la vida, para que si te toca que te despierten del polvo (Es decir que hayas dejado este mundo y duermas el sueño de la paz de preferencia en las Criptas de esta Parroquia donde siempre rezamos por los que aquí duermen ese sueño de la Paz), tengas Vida y no eterna muerte?

¿Cómo andas en la justicia, la caridad y la misericordia? Esto será determinante de tu futura eternidad. Finalmente, si tu vida está en manos de Dios, nada tienes que temer del fin del mundo, ya vives en Él. De lo contrario, vete cambiando a Sus amorosas manos. Recuerda que la Vida no se acaba, se transforma, disuelta nuestra morada terrena, nos espera una habitación en la eterna y celestial contemplación de Dios.