SOLEMNIDAD DE LA ASENCIÓN DEL SEÑOR

La Fiesta solemne de la Ascensión de Ntro. Sr. Jesucristo a los cielos terminar por colmar la expectativa humana sobre la vida: creados por el Dios de la Vida Eterna, la muerte aparece ante nuestra inteligencia como una absurda y aberrante contradicción… ¡Nos da la vida, la disfrutamos (muchas veces la desperdiciamos) nos acostumbramos a estar vivos, nos acomodamos en esta vida humana en su mixtura espiritual y corporal, para que se acabe tan pronto!

Conocemos a Dios porque Él se nos revela; Él toma la iniciativa y nos enseña, como nuestro Creador, la intención de su portentosa obra: “Que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.” Después de habernos ilusionado, morimos.

Me pregunto: “¿Por qué tomarse tantas molestias? Si la vida del hombre es un soplo; nuestro peregrinar un suspiro nocturno… ¿Por qué hacer la vida tan bella, si la muerte es horrible?

Por eso celebramos jubilosos esta Fiesta de la Ascensión, porque Dios no hace absurdos. Así como Cristo Jesús no dejó de ser Dios al hacerse hombre, en el seno virginal de Santa María, ni dejó de ser verdadero hombre al ascender glorioso a la Derecha de su Padre Celestial, nosotros, los incorporados a este su “Cuerpo Místico”, que es la Iglesia,sin dejar de ser lo que el Creador nos hizo (hombres del barro de la tierra), al final de la historia, en la Parusía gloriosa, ascenderemos a la altura celestial de la única y santa Trinidad para vivir ya la Vida Verdadera, la Vida Eterna. En efecto, en cuerpo y alma, en la mixtura a la que estamos acostumbrados, seremos llevados, sin merecerlo, a gozar, en la Patria Celestial, de la Visión Beatífica con todos los santos y los ángeles. Participaremos de la Fiesta Eterna, de las Bodas del Cordero, donde ya no habrá muerte ni pecado. Nuestra capacidad de vivir y de amar al modo humano será elevada al modo sobrenatural, será colmada nuestra vida y felicidad por el Amor Divino. Amaremos y seremos amados en esa dimensión infinita, pues de algún modo seremos como Él.

Esta es la virtud infusa de la esperanza que Dios no ha concedido al hacernos sus hijos el bautismo que recibimos.

Así, mientras llega la Parusía gloriosa, ese día santo y terrible, de la definición eterna, tenemos la encomienda de vivir en la esperanza su Mandamiento Nuevo, dando testimonio de creer, amar y esperar, contra toda argumentación, de que aceptamos ser propiedad exclusiva de Dios, Él y sólo Él es nuestro Señor; Hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu; miembros vivos del templo espiritual de Dios en la tierra, su Iglesia.

Alabemos su majestad infinita con cánticos inspirados, dando a quién lo requiera razón de nuestra fe, mientras aguardamos, en vigilantes plegarias, el Don que viene de lo alto.